sábado, 4 de diciembre de 2010

Giuliano di Piero di Simone Bugiardini


Giuliano di Piero di Simone Bugiardini (Florencia, 29 de enero de 1475 - 17 de febrero de 1577), fue un pintor italiano que trabajó durante el Renacimiento tardío y el Manierismo, activo fundamentalmente en Florencia.



Inició su aprendizaje con el escultor Bertoldo, para después pasar al taller de Domenico Ghirlandaio. En 1503 fue admitido en el gremio de los pintores florentinos, la Accademia di San Luca. Comenzó una asociación con Mariotto Albertinelli que duró hasta 1509, en que éste último se unió al taller de Fra Bartolomeo.


No conocemos sus primeras obras, probablemente todavía bajo el influjo de su primeras lecciones con Ghirlandaio. Sin embargo, a partir de 1505, Bugiardini hace un esfuerzo intelectual y artístico para actualizar su propuesta pictórica, siempre bajo la dirección de Albertinelli, y después, de Rafael.

Sin embargo, su propio carácter le impidió asimilar en esencia los principios clasicistas a los que aspiraba. Con posterioridad a 1512, se convierte en un fiel seguidor de Fra Bartolomeo e incorpora muchas de sus soluciones estilíticas a su pintura. Por desgracia, sus limitaciones se traducen en una falta de armonía formal y en una dificultad insuperable para aceptar las reglas de la proporción. Este defecto afea muchas de sus obras, y aunque es un pintor con buena mano, nunca llegará a los objetivos que pretende.

Bugiardini fue invitado a la Accademia di San Marco en los Jardines Mediceos, donde se convirtió en amigo y seguidor de Michelangelo. Vasari menciona una breve colaboración de Bugiardini en la decoración de la Capilla Sixtina hacia 1508. También trabajó en Bolonia en 1526-1530.


Vuelto a Florencia en 1531, allí concluye su Rapto de Dina, a partir de bocetos de Fra Bartolomeo. De sus obras posteriores hay que destacar el Martirio de Santa Catalina de Alejandría (Santa Maria Novella, Florencia), para tal obra, Miguel Angel le suministró ideas y diseños, que Bugiardini no aprovechó en toda su grandiosidad. Sin duda, su mejor obra de este período es la Virgen entronizada entre la Magdalena y San Juan Bautista, en la que libre en parte del influjo de Fra Bartolomeo, consigue una fluidez y una amplitud que le deben mucho a Buonarroti.