viernes, 2 de enero de 2009

DANIEL VAZQUEZ DIAZ


Pintor español, n. el 15 en. 1882 en la provincia de Huelva, cerca de las minas de Río Tinto, en un pueblo que, años después, recibiría el nombre de Nerva. Sus padres, Daniel Vázquez y Jacoba Díaz Núñez, pertenecían a dos familias relativamente acomodadas de Campofrío. El padre era comerciante en tejidos. La madre poseía una sensibilidad artística poco común. V. D. mostró, desde pequeño, una radical condición de pintor, estimulada por su madre y por su maestro de primera enseñanza, José Blanco.

Posteriormente, mientras estudiaba el bachillerato en los salesianos de Utrera, tuvo también un profesor de dibujo. En Utrera cursó solamente los cuatro primeros años, de 1892 a 1896, pasando al colegio del Carmen, en la calle de Rodrigo Caro, de Sevilla, al iniciar el quinto curso. De 1897 a 1903, por imposición paterna, estudió comercio en la Escuela Oficial de Sevilla, alternando la carrera con vacaciones en Nerva y Campofrío. Durante esos años estuvo en contacto con la pintura casticista que se hacía en aquellos años en Sevilla: Gonzalo Bilbao, Jiménez Aranda, Villegas y Cordero, etc. V. D. frecuentó también las clases nocturnas de pintura que se impartían en el Ateneo. Allí pudo conocer a Francisco Iturrino, Ignacio Zuloaga, Juan Ramón Jiménez y otros artistas y escritores que influyeron, sin duda, en su formación.

En 1902 termina su vida escolar. Tiene veinte años y decide trasladarse a Madrid, después de trabajar casi seis meses, por imposición de su padre, en unos grandes almacenes de Sevilla. Esta temporada la recordaba luego el pintor como la más amarga de su vida. Sus primeros años madrileños se vieron facilitados, sin embargo, por la ayuda económica de su padre, que parece demostrar que, para entonces, había aceptado ya su vocación pictórica. En el Museo del Prado tomó contacto directo con las obras de El Greco, Velázquez y Goya, algunos de cuyos cuadros copió. Se presentó a las pruebas de ingreso en la Escuela de Bellas Artes de S. Fernando, pero fue rechazado.

Concurrió a las exposiciones nacionales de 1904 y 1906. En 1903 conoció a los hermanos Baroja y, a través de ellos, a muchos escritores y artistas. Frecuentó también el mundo del teatro, por el que siempre mostró gran afición. Su retrato de la actriz Gloria Laguna. presentado a la nacional de 1904, fue relegado a una sala alta con pintores como Solana y Regoyos.

Entre septiembre de 1906 y el mismo mes de 1918, la vida de V. D. transcurrió en París sin más interrupción que sus vacaciones en España. Allí experimentó la influencia del impresionismo y del fauvismo. Tuvo gran amistad con Modigliani, aunque nunca compartió la vida bohemia de este artista. La etapa parisiense puede dividirse en dos periodos: los seis primeros años, caracterizados por la lucha para darse a conocer en los ambientes artísticos y los otros seis marcados por una participación cada vez más personal en las exposiciones y en los salones independientes, que se traduce en el reconocimiento de la crítica y en el auge progresivo de su economía. En 1908 conoció al pintor Bourdelle, el único artista, de cuantos trató vivos, de quien V. D. aceptó el magisterio.

En ese mismo año conoció a la escultora danesa Eva Preetsmann Aggerholm, con la que contrajo matrimonio, en la única iglesia católica de Copenhague, en enero de 1911. En 1910, poco antes de su boda, celebró su primera exposición mono gráfica importante -80 obras- en la galería Chevalier, de París, con buen éxito de crítica. Desde su boda, hasta 1914, instalado en la Ville des Arts, transcurrió 51J época más fructífera con exposiciones en Francia, España e Inglaterra y numerosas colaboraciones en revistas gráficas. Sus vacaciones en el País Vasco, durante esos años, ejercieron gran influencia sobre su pintura.

En 1918, el pintor se estableció en Madrid, donde encontró, al principio, incomprensiones y dificultades en su carrera. Su primera exposición madrileña se celebró en ese mismo año en el salón Lacorte. Colgó 25 pinturas y 29 dibujos: V. Silvestre, Rafaelito, Instantes del País Vasco, etc., con crítícas generalmente adversas, que le seguirían acompañando durante varios lustros. Es una época de un creciente modernismo en su pintura, comprendida sólo por algunos grandes artístas y escrítores del momento. No cohibió al pintor esta incomprensión. Entre 1918 y 1930 celebró más de veinte exposiciones monográficas o colectivas en Madrid, Bilbao, Barcelona, San Sebastíán, Fuenterrabía y en localidades de Portugal, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Argentína.

En 1930 se inicia el reconocimiento general de su arte. De ese periodo datan algunas de sus obras más representativas: retratos de Falla (1925), Pío y Ricardo Baroja (1925), Los monjes Blancos (1926), etc. Por fin, en 1934, obtuvo la Primera Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes, por su retrato del escultor ruso Dimitri Tsapline, que puede considerarse una de sus obras maestras. Sin duda, esta consagración se debió en gran parte a la resonancia mundial obtenida por los frescos que realizó para el monasterio de La Rábida en 1928-30.

El periodo 1936-39, con el paréntesis impuesto por la guerra de España, que el pintor pasó en Madrid, se caracteriza por una autorreflexión que dejaría honda huella en su obra posterior. Llegada la paz reemprendió su inagotable actividad. Fue académico electo de Bellas Artes desde 1949, pero renunció en 1954 cuando una campaña intencionada pretendió impedir que se le concediera la Medalla de Honor de la Exposición Nacional, que obtuvo, sin embargo, con su cuadro La cuadrilla de Juan Centeno (Museo Nacional de Arte Contemporáneo, Madríd). Entre 1964 y 1969 celebró varias docenas de exposiciones, en su mayor parte monográficas.

El 14 en. 1959 murió su esposa. En 1961 ingresó por fin en la Real Academia de Bellas Artes. En 1962 se le dedicó una Sala de Honor en la Exposición Nacional. Recibió la Medalla de Oro de la Villa de Madrid en 1963. A partir de este momento y hasta su muerte, ocurrida el 17 mar. 1969, se sucedieron los honores y distinciones.

Juicio de su obra. La obra de juventud sigue un itinerario biográfico, que se extiende desde sus días infan- tiles, en Nerva, hasta su asentamiento definitivo en Madrid, en el otoño de 1918. Surge en un escenario geográfico muy vario: la provincia de Huelva, Sevilla, Madrid, el País Vasco y París, donde, aunque recibe de modo intenso los impactos del arte moderno internacional, sigue produciendo pintura de corte eminentemente español.

Lo francés no empezará a decantarse como algo propio, ya maduro, hasta después de 1918. A partir de 1912, una galería de retratos de intelectuales y artistas avecindados en París prefigura su serie de «Hombres de mi tiempo», prácticamente ininterrumpida durante toda su vida. Ya en esta época son frecuentes los cuadros relacionados con temas taurinos.

Desde 1916 se inicia un cambio en su pintura, cuyos nuevos rumbos van a ir por el triple camino de la depuración, la simplificación formal y una diferente calidad cromática. Es el momento del imperio temático del paisaje.

A partir de 1919 se observa claramente la influencia del cubismo, negada repetidas veces por el pintor, aunque terminara precisando: «Los antecedentes de mi pintura fueron años de mi geometría formal y estudio del color en una visión simultanista». Posteriormente, la geometría dejó paso a un equilibrio entre forma y color que hizo decir a un crítico: «Vázquez Díaz, como gran colorista, sabe aprovechar admirablemente los recursos cromáticos del impresionismo; pero va mucho más lejos.

Gracias a su manera de dibujar, con la que llega al volumen ya la expresión total sólo con la línea, sin necesidad de claro-oscuro, puede en sus cuadros, como en las vidrieras, dar su máximo de luminosidad»

Los frescos de La Rábida constituyen, sin duda, la obra cumbre de Vázquez Díaz. Están integrados por cinco paneles: El navegante y el monje; Las conferencias; Los heroicos hijos de Palos y Moguer; Las naves, y El pensamiento del navegante. En ellos se sintetiza la epopeya del descubrimiento de América. Estos frescos entroncan a través de Nuno Gonyalves con los fresquistas bajomedievales y del primer Renacimiento; Al mismo tiempo, marcan nuevos rumbos para la técnica de la pintura mural. El periodo 1920-45 está señalado por el predominio de la gama de grises en la obra de V. D. ( Retrato de Alfonso XIII, 1925, Ayuntamiento de Fuenterrabía; Retrato de Juan Ramón Jiménez, 1955, Col. Laura Vázquez Díaz, Madrid). El último periodo de su pintura se caracteriza, según propia declaración del artista, por un «sentimiento poético» equivalente a un cierto retorno a los principios de su arte. Además de las calidades de su pintura, la obra de V. D. supuso para el arte español una renovación y la apertura a las corrientes pictóricas europeas.