domingo, 11 de noviembre de 2012

Esto es la casa de la Collona

¿De dónde viene la clásica expresión? Del barrio de A Ferrería de los años 50


Cada vez quedan menos locales en el barrio de A Ferrería, que ahora se está rehabilitando y recuperando. ÓSCAR VÁZQUEZ
Esto es la casa de la Collona. Como calzarse unos tenis, picar patatillas o maicitos, coger el vitrasa, ir al chollo o hablar con un jicho, hay una jerga genuinamente viguesa que incluye esta frase lapidaria: «¡Esto es la casa de la Collona!». Se trata de una expresión elaborada, como mandar a alguien a chorar a Cangas, a pedir a Príncipe o que lo encierren en el Rebullón.
Hay que ser vigués para entender este idiolecto, al igual que para asimilar el concepto geográfico de por arriba y por abajo, que se aplica en las paradas del autobús.


-¿Va por arriba? -pregunta la señora al vitrasero.
-No, este va por abajo -responde el chófer.
La gente de fuera se sorprende ante tan elaborado lenguaje. Y los alumnos de Erasmus regresan a sus países diciendo jicho y creyendo que hablan castellano.
Pero no sigamos divagando, que esto ya parece la casa de la Collona. Una expresión que sirve para calificar un desastre. Y que alude a un burdel, un lupanar, un prostíbulo, un quilombo, una casa de citas, un local de alterne o, para decirlo llanamente, una auténtica casa de putas.
Porque, efectivamente, eso era la Casa de la Collona. Vigueses hay que usan la expresión sin saber que aluden al bar Abanico, situado en A Ferrería, que era el más popular del barrio chino vigués desde la década de los años cincuenta.


El nombre le venía al local de un gigantesco abanico pintado en una de las paredes del establecimiento. Tras la barra, atendía una señorita pero el nombre popular se lo daba la señora que recibía a los clientes, sentada en una silla al fondo del bar. Esa mujer se llamaba Doña Esperanza y su apodo era La Collona.
Doña Esperanza era la madame, la encargada de hacer salir a las meretrices al grito de «¡Niñas, al salón!». Además de este cometido, la mujer daba buena conversación, a decir de algunos usuarios del negocio, hoy venerables abuelos que, como es natural, se avienen a contar, pero piden el anonimato.
En el Abanico, como en el resto de A Ferrería, se bebía vino blanco del ribeiro. Y chatos de licor de hierbas y de licor café. Los más pudientes tiraban por el coñac. El whisky no empezaría a verse en España hasta casi la década de los 80. Y quedaba, por tanto, mucho para que apareciesen las whiskerías.


En dura competencia con el Abanico triunfaba en el barrio chino el Barcelona de Noche y un tercero llamado La Toja. Ninguno lucía luz roja, que era una modernidad centroeuropea.
La clientela de A Ferrería estaba compuesta por señoritos golfos de la ciudad, en una época donde apenas había locales donde salir. Y, también, por la marinería de los barcos que recalaban en el puerto.
La oficialidad de los buques elegía en cambio los cabarets. Los más importantes eran el Brasil y El Español, situado en la Alameda, que pasaría a denominarse Fontoria cuando cambió su entrada por Luis Taboada. Había allí un ambiente más fino y la clientela podía confraternizar con las bailarinas artísticas que presentaban sus shows. Cuando el consumo de espirituosos alcanzaba un alto grado, las noches terminaban al coro de «Que baile el pianista».
En la Casa de la Collona, en cambio, no había música. Ni la radio siquiera. Solo ocasionalmente tocaba un guitarrista, que lo hacía por varios locales de la zona, y que, a decir de los menos desmemoriados, se llamaba Eufrasio.
Toda la estampa nos da una idea aproximada de la sordidez del lugar y de la época. Una de mis fuentes, cuya identidad no puedo revelar, recuerda hasta los precios de los servicios en los años 50: 3, 5 y 15 pesetas. Preferimos no entrar en detalles al respecto. Pero sí había una expresión, «de dormida», que se aplicaba a quien se quedaba en el lupanar toda la noche.


A Ferrería no era el único barrio chino de la ciudad. Cuesta arriba estaba el callejón de Núñez, que según la memoria de la época era «mucho más fino». También en A Pedra había una zona de alterne.
Las consecuencias de aquellas noches se curaban con Ladillol, medicamento estrella de los coruñeses Laboratorios Orzán. Para exterminar a los parásitos se usaba también un preparado llamado Aceite Brujo o Aceite Inglés. Y, para enfermedades venéreas más graves, había que acudir al doctor Nicolás Peña -que hoy da nombre al antiguo Hospital Municipal, en la avenida de Camelias-, urólogo de prestigio que combatía la blenorragia con una sombrilla con forma de paraguas que se introducía por la uretra.

 Mientras se rehabilita en estos días A Ferrería, con lujosos apartamentos y atractivos comercios, nos hemos paseado por el barrio chino de los años 50. Todo gracias a la memoria de mis anónimos y octogenarios informantes, cuyo testimonio ha hecho que el artículo de hoy parezca, efectivamente, la casa de la Collona.

 ---------------------------

Leo este artículo de OSCAR VAZQUEZ y me hace recordar tiempos y expresiones que hoy me dan la risa- Si, yo me crié en el Paseo de Alfonso XII y el "barrio" lo tenía justo enfrente del balcón de mi habitación.  Yo no entendía muy bien la razón porque la zona tenía tanto ambiente, especialmente cuando venían  "escuadras extranjeras"-  Hasta la plaza de mi calle se llenaba de "marines" y unas señoras "un poco raras" los abrazaban.  Un día le pregunté a una amiga y me dijo "son señoras de la vida"- ella se lo había preguntado a su madre y le había contestado eso-  La expresión nos  preocupaba, si, una vez le había preguntado a una niña que hacía su madre y me había dicho lo mismo "ES UNA MUJER DE LA VIDA"-  Yo imaginé que debía ser fantástico tener como madre UNA MUJER DE LA VIDA- tendría  que reunir una serie de condiciones buenas para recibir ese título.

 Había otras frases  que reflejaban el   estado de ánimo del que las pronunciaba-  "esta es la casa de la Collona"- (Um, callate, que la cosa no anda muy bien"-
"Vou botar o polvo"- risitas de mi madre (situación relajada)-
"Baixo a Vigo"- (persona de barrio)  
 "O faneco, ese jicho é un julai"- Un día le pregunté- "Faneco ¿eres un julai? y el riendo me contestó- si filliña, son un julai"- Bueno, no sabía si era bueno o malo ser julai pero a mi me caía bien o faneco.
 Y pasa el tiempo y todo cambia, se rehabilitan los barrios y el lenguaje de la ciudad evoluciona...Ahora ya no se hablaría de "ladillas" sino de Pthirus pubis y la "casa de la Collona" o el "chalet de la Chelito" se han convertido en "salones de masajes"
 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Este artículo es de don Eduardo Rolland