domingo, 16 de febrero de 2014

Johan Barthold Jongkind (1819-1891)






Johan Barthold Jongkind nace el 3 de junio de 1819 en Lattrop, en el este de los Países Bajos. A los 16 años deja la escuela y empieza a trabajar con un notario, pero en 1837, su madre, viuda desde hace un año, lo autoriza a partir a La Haya para seguir estudios en la Academia de dibujo. Jongkind se convierte en alumno de un célebre paisajista al aire libre, Andreas Schelfhout (1787-1870). En su biografía de Jongkind en 1918, Etienne Moreau-Nélaton dirá: "Uno de los dones más valiosos que recibe de Schelfhout es la iniciación a la acuarela rápida del natural, dando el aspecto completo de un paisaje por aguada de colores sumaria, superpuesta a un dibujo vigoroso y muy estructurado".




Sus obras de juventud traducen un apego por la tradición de los pintores paisajistas holandeses del siglo XVII. En primer lugar, por la composición de sus cuadros: horizonte bajo –un tercio para la tierra y dos tercios para el cielo–, diagonal ascendente de izquierda a derecha, pequeños personajes que pueblan el paisaje; pero también por la elección de los motivos: los canales, los patinadores, los molinos, aun cuando a Jongkind le interesa más la manera de plasmar la luz y la atmósfera que lo pintoresco del tema.
En 1845, Jongkind tiene un encuentro decisivo. Estaba en La Haya para asistir a la inauguración de una estatua de Guillermo de Orange-Nassau, llamado el Taciturno (1533-1584), príncipe alemán, Estatúder de Holanda, cuando el pintor Eugène Isabey (1803-1886) lo invita a su taller de París.



En 1846, Jongkind integra el taller de Isabey y se convierte en su alumno. En París se encuentra con varios personajes, principalmente Daubigny, Baudelaire, Nadar, Rousseau, Corot... Su carácter jovial le permite entablar amistades sólidas.
El pintor aprecia en particular los muelles del Sena, y el barrio de Notre-Dame se convierte en uno de sus temas favoritos.




Con Jongkind, la pintura paisajista francesa del siglo XIX forja vínculos con el paisaje holandés del siglo XVII.
En la luz de sus cuadros, por la atmósfera que se desprende, se observa la influencia de Corot a quien admira.
Pero la composición sigue siendo clásica como en El puente de la estacada: una gran diagonal y el cielo que ocupa, con los elementos arquitectónicos, los dos tercios superiores del cuadro. Con la representación de esta pasarela de metal y hormigón armado, testimonio de la actividad humana (el trabajo de los pescadores, los peatones en el puente...), Jongkind encarna también la "modernidad" tan del gusto de los impresionistas.



Jongkind accede a cierto reconocimiento durante sus diez primeros años en París. Expone en el Salón en 1848, recibe una medalla de tercera clase en 1852, y el Estado adquiere el Puerto de Harfleur en 1851 y El puente de la estacada en 1853. Es conocido por sus claros de luna y sus vistas de París.
Pero su situación financiera sigue siendo precaria, sobre todo cuando en 1853 le suprimen la beca que le había concedido el rey Guillermo I durante sus estudios en La Haya. Espíritu atormentado, Jongkind es con frecuencia víctima de delirios paranoicos, fragilidad acentuada por el exceso de alcohol. La ausencia de recompensa en el Salón de 1855 termina por deprimirlo. Admite su tormento en una carta a Eugène Smits: "Lo que he sentido es increíble... ni siquiera me han otorgado una mención honorífica, nada".




Lleno de deudas y harto de las decepciones, Jongkind regresa a Holanda. Sin embargo, no rompe los vínculos con Francia. Pasa una estancia en París en 1857, recibe una medalla de plata durante una exposición en Dijon en 1858, participa en el Salón de 1859 y vende sus lienzos casi exclusivamente en París por intermedio del marchante Pierre-Firmin Martin. Pero en Holanda, Jongkind sigue bebiendo y las deudas se acumulan de nuevo.


Al enterarse de su estado, sus amigos, a iniciativa del conde Doria, organizan una subasta para ayudarle. Noventa y tres artistas, entre ellos, Corot, Daubigny y Diaz, participan donando cada uno una obra. El fruto de la venta permite enviar al pintor Cals a Holanda, en abril de 1860, a pagar las deudas de Jongkind y traerlo de vuelta a París. Es el inicio de un período fecundo para el artista.



De vuelta en Francia, Jongkind recobra cierto equilibrio psicológico, gracias a la presencia a su lado de Mme Fesser, una holandesa casada con un francés que se hace cargo de él. Asimismo, durante esos años Jongkind afirma cada vez más claramente su propio estilo y se libera de la influencia de sus antiguos maestros.


A partir de 1862, Jongkind regresa a Normandía, una región que había descubierto junto a Isabey quince años antes. Allí traba amistad con Boudin (1824-1898) y conoce a Monet (1840-1926) y a Bazille (1841-1870). Se encuentran regularmente en la granja Saint-Siméon, punto de encuentro de los pintores de la época.


Jongkind actúa como guía de los artistas más jóvenes. En palabras de Boudin: "Jongkind empezaba a hacer aceptar una pintura cuya corteza un poco dura ocultaba un fruto excelente y de lo más sabroso". Y acerca de sus acuarelas: "Está hecho con nada y, sin embargo, la fluidez del cielo y de las nubes se traducen con una precisión inimaginables", en tanto que Monet reconocerá más tarde: "Jongkind hizo que le mostraran mis esbozos, me invitó a venir a trabajar con él, me explicó el cómo y el porqué de su método, completando así la enseñanza que yo había recibido de Boudin. A partir de ese momento se convirtió en mi verdadero maestro, y es a él a quien debo la educación definitiva de mi ojo...".
Honfleur y su región ofrecen a Jongkind "todo lo necesario para realizar bellos cuadros".
Después de los paisajistas ingleses como Constable, Turner y Bonington, de Corot y de los pintores de Barbizon, da primacía junto con Boudin a la observación directa de la naturaleza.

Pero Jongkind no es un pintor al aire libre. Frente a su motivo, realiza acuarelas en las que se afirma toda su maestría. Después utiliza esas vistas para pintar sus lienzos en el taller: "Él los pintaba 'del natural', pero es preciso ponerse de acuerdo sobre lo que significa esta expresión en sus labios o bajo su pluma. Un cuadro de Jongkind "del natural" no es una copia directa del motivo elegido. Es la reproduccción del mismo tema tratado en el terreno con la acuarela. Su obra de borrador es una acuarela. Con su pincel de acuarelista capta directamente la impresión de la naturaleza" (Etienne Moreau-Nélaton).
Dotado de una gran memoria visual, Jongkind puede reconstituir en el taller paisajes captados unos años antes. Así pinta paisajes holandeses hasta el final de su vida, cuando en realidad el último viaje a su país natal había sido en 1869.

Por la frescura de su visión y su pincelada fragmentada, Jongkind es considerado con razón como un precursor del impresionismo. En 1863, cuando exponía tres cuadros en el Salón de los Rechazados, entre ellos Ruinas del castillo de Rosemont (museo de Orsay, donación Moreau-Nélaton), el crítico Castagnary escribe estas palabras premonitorias: "En él todo yace en la impresión". Sin embargo, Jongkind no puede ser considerado como un líder. A él no le preocupa el aspecto intelectual de la pintura y sólo piensa en reproducir intuitivamente sus sensaciones visuales. Es más, no participará en la primera exposición impresionista en 1874.



 Jongkind pasa los últimos veinte años de su vida en el Nivernais y después en el Delfinado con viajes a Suiza, Bélgica y al sur de Francia, donde realiza numerosos estudios.
Sin embargo, su equilibrio mental sigue siendo precario y el alcohol lo sigue consumiendo. Progresivamente se va refugiando en el círculo íntimo de la familia Fesser, sus estancias en París son más espaciadas.
No obstante, goza cada vez de mayor consideración en la capital entre los marchantes de cuadros. Liberado de las preocupación financieras, encuentra en la acuarela su medio de expresión esencial. A través de esta técnica espontánea expresa mejor, sin duda, su virtuosismo. La influencia que ejerce en la generación de los impresionistas se explica principalmente por la ligereza con la que sugiere la luz, el centelleo del agua y del aire.




 Hacia el final de su vida, su técnica se hace más audaz. Simplifica sus motivos, resalta sus acuarelas mediante pinceladas coloridas de gouache y no duda en emplear el blanco del papel como un color suplementario.



Jongkind fallece el 9 de febrero de 1891 en La Côte-Saint-André, en Isère, donde se había retirado a partir de 1878 con Mme Fesser. Una venta de sus cuadros organizada en diciembre de 1891 obtiene un gran éxito, que consagra a un artista ya reconocido por sus homólogos. Manet lo calificaba de "padre del paisaje moderno", y en la obra que le dedica en 1927, Signac sitúa a Jongkind "ese renovador del paisaje moderno entre Corot y Monet".