martes, 14 de mayo de 2013

Ángel Larroque Echevarría








Pintor vizcaíno, nacido en Bilbao el 6 de septiembre de 1874. Murió en su tierra natal el 22 de enero de 1961.
Hijo y nieto de pintores, a los nueve años de edad ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao. En 1894 se trasladó a París, pensionado por la Diputación de Bizkaia con el objeto de ampliar estudios y recibir enseñanza sobre el terreno, siendo discípulo del maestro Carrière que desempeñaba la cátedra en la Academia Julien. Este mismo año Larroque se trasladó a Sttutgart para completar algunas enseñanzas con el escultor Nemesio Mogrobejo. A su regreso a España se dedicó con mucho entusiasmo a realizar copias de los grandes maestros de la pintura internacional en el Museo del Prado de Madrid. En 1902 marchó a Roma y Florencia para saturarse y conocer la pintura universal. Este viaje fue posible realizarlo por haber obtenido una segunda pensión de la Diputación de Bizkaia.


A partir de esta fecha pintó gran número de lienzos, celebrando exposiciones en Austria, Alemania, Méjico, París y Londres. En Madrid concurrió a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1912, 1917 y 1920, dando también a conocer sus obras en exposiciones celebradas en Bilbao en diferentes fechas. En 1921 se presentó y ganó las oposiciones al cargo de profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao.
En 1947, a propuesta de la Diputación de Bizkaia, se le concedió la Cruz y Encomienda de Alfonso X el Sabio por sus méritos contraídos como artista y profesor.
Consiguió los premios siguientes: Diploma de Honor en la Exposición Española organizada con motivo del Centenario de la Independencia Mejicana (1911); Medalla de Tercera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes (1917), con el cuadro titulado Recolección de manzanas.
Las obras más destacadas de Ángel Larroque son: La joven del sofá, En la fuente, Aldeanos al mercado, Niña de J. T., El ciego de los romances, Los paisanos vascos, El txistu en la romería, propiedad de la Sociedad Bilbaína, el Retrato de Ramón de la Sota, el Accidente de Trabajo, la Chica del gato, y el cuadro que fue adquirido por suscripción popular y regalado al Museo de Bellas Artes de Bilbao Las hilanderas.


Ya en 1910, el crítico Juan de la Encina opinaba:
"por derecho propio, le corresponde uno de los primeros lugares en la pintura española contemporánea".
"pintor cuyos rasgos primordiales son la finura, el matiz, la concisión, la solidez y un prodigioso dominio de la técnica de la pintura. Descuella en el retrato, sobre todo en el retrato de mujeres y niños, arreados y tocados con elegancia; y para que su pincel corra con entera soltura por el lienzo, necesita tener ante sus ojos materias ricas (sedas, terciopelos, batistas finas y transparentes, randas y encajes) y formas que se desarrollen en un ritmo de reposo entre velazquino y rafaelesco. No habéis de pedirle vivacidad y ardor expresivo, afluencia de imaginación, porque no encajan con holgura en su vocabulario artístico otras palabras que las que expresen serenidad, ordenación sencilla y clara, reposo".
Ya en plena madurez, Cuadra Salcedo diría de él (1947):


"es entre nuestros artistas el pintor de las elegancias. Tiene la aristocracia de Gainsborough, la nobleza y suavidad de Van Dyck y la valentía del vascongado Echave. Sus retratos son reales y pertenecen a la escuela clásica, reconociéndose en las obras de sus manos salidas, un abolengo velazqueño. Como paisajista y retratista pocos le llegarán por la pureza de los modelos, la serenidad y movimiento de la composición y honda psicología de los asuntos. Elegancia y serenidad, he aquí las eminentes cualidades de nuestro gran artista".


Lázaro Uriarte, en el décimo aniversario de su muerte, lo definió de la siguiente forma (Gaceta del Norte):
"fue, ante todo, un pintor elegante, especialmente dotado para finísimas valoraciones tonales, de irreprochable y limpia técnica, a medio camino entre el esprit de finesse parisino y las más decantadas y exigentes maneras clásicas, atenuadas de excesivos rigores compositivos y plenamente fundidas con los más modernos lenguajes plásticos de su tiempo. Severo sin sequedad en cuanto al color, contenidamente cálido sin estridencias, Larroque logró altísimas calidades cromáticas y engastadas en monturas lineales de sobrio arabesco. Basta, como botón de muestra, contemplar La chica del sofá de nuestro Museo Provincial -obra magistral que entusiasmaba al también gran artista y escultor Higinio de Basterra- y podremos comprobar la perfecta fusión estética de los más dispares, aunque complementarios, ingredientes expresivos, unificados en la superior unidad de la obra de arte".

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