lunes, 18 de agosto de 2014

Juan O’Gorman



Juan O’Gorman fue un genio precoz. Con 24 años hizo la primera casa funcionalista de América Latina. Luego abjuró de esta corriente moderna y racional de la arquitectura y a mediados del siglo XX se montó una casa surrealista dentro de una cueva que adornó por fuera con figuras de dioses aztecas. El 18 de enero de 1982 se suicidó. Apareció colgado de la rama de un árbol y se había dado un balazo. Además había ingerido algún pigmento venenoso que usaba para preparar los colores con los que pintaba.

El arquitecto, pintor y muralista nació en la Ciudad de México en 1905. Los primeros años de su infancia vivió en el Estado de Guanajuato, a donde fue destinado su padre para dirigir una mina. Durante la Revolución mexicana, en 1913, la familia volvió a la capital y se asentó en el barrio de San Ángel, en el sur de la ciudad. En la guerra vivieron con apuros. O’Gorman contó que una noche su padre y una sirvienta llegaron a casa arrastrando una mula que habían dejado muerta en la calle los zapatistas. La desollaron, la ahumaron y tuvieron carne para varios meses. La gente se moría de hambre. A veces en los postes y en los árboles se veían cadáveres colgando. En ese mismo lugar de atraso y de barbarie, quince años más tarde, aparece una vivienda llegada del futuro.

La Casa O’Gorman es una caja de dos plantas. La estructura es de hormigón y está a la vista. En la planta de arriba hay un estudio cubierto por tres ventanales que crean unas sensación de continuidad entre el interior de la casa y el exterior. En un costado hay una escalera helicoidal que sube al estudio haciendo un giro de caracol. En vez de un muro que cierre el terreno hay una cerca de cactus. La casa está enfrente de una hacienda de estilo colonial. Muchos vecinos se indignaron porque se hubiese puesto aquel cuerpo extraño delante de un edificio noble. O’Gorman dijo en sus memorias que había quien “volteaba la cara” cuando pasaba junto a su casa para no verla. “Le deberían quitar el título para que no siga haciendo casas horribles como esa”, se oía entre los vecinos de San Ángel.


Dos años después de hacerse su propia casa con el poco dinero que tenía, O’Gorman recibió el encargo de Diego Rivera de construirle otras dos similares para él y para su esposa, Frida Kahlo, en un espacio libre que quedaba en ese mismo terreno. O’Gorman era amigo íntimo del matrimonio, en especial de Frida, a quien conocía desde que eran adolescentes. Cuando le enseñó su casa a Rivera este le dijo que había construido una obra de arte funcional con potencial para la transformación social. Rivera, patriarca de la intelectualidad socialista mexicana y principal influencia en la definición ideológica y estética de Juan O’Gorman, entendió que la propuesta de su amigo arquitecto, desarrollada a partir de las recientes teorías de Le Corbusier, tenía dos cualidades revolucionarias: rompía con el gusto tradicional y ofrecía un modelo de vivienda económico para las clases populares.

Primero la Casa O’Gorman estuvo habitada por un hermano del arquitecto. En 1968 la compró un artista ruso y en adelante sufrió una serie de modificaciones que fueron deformando su aspecto original. La casa quedó irreconocible y nunca pudo tener el lugar que le correspondía en la historia de la arquitectura contemporánea. Hasta hoy la referencia de la obra arquitectónica de O’Gorman habían sido las casas de Rivera y Kahlo, rehabilitadas en 1996 por Víctor Jiménez, actual director de la Fundación Juan Rulfo, y encumbradas en 1998 por el japonés Toyo Ito, que desde el pasado domingo es el nuevo premio Pritzker, el Nobel de los arquitectos.

Toyo Ito visitó en aquel tiempo las casas del matrimonio de artistas y se quedó mudo de asombro. Poco después, en colaboración con Jiménez, organizó en Tokio una exposición sobre estas viviendas y escribió un texto en el que colocó a O’Gorman en el altar del Movimiento Moderno. “Desde el fregadero de la cocina hasta las llaves de la regadera todo es sencillo y bello. Se puede decir que en esto igualan estas casas a las primeras de Le Corbusier, pero a mi juicio la sencillez de las que ahora veía aventajaba a las del arquitecto francés”. Ahora le toca el turno de la revisión histórica en retrospectiva a la Casa O’Gorman, comprada por el Instituto Nacional de Bellas Artes mexicano y rehabilitada también por Jiménez, que la define como una “versión extrema de la primera modernidad mexicana y mundial”.

El Juan O’Gorman funcionalista duró hasta mediados de los años treinta, momento en el que se revolvió contra la arquitectura moderna. Al parecer se dio cuenta de que las construcciones funcionalistas, basadas en el principio del máximo de eficiencia por el mínimo de esfuerzo, eran una excelente oportunidad de ahorro para los promotores inmobiliarios, para los capitalistas. Su desengaño de la modernidad se fue ahondando en los años treinta y cuarenta. Empezó a concentrarse en la pintura de caballete y su gusto arquitectónico giró hacia una mezcla de regionalismo, ecologismo y un fondo moderno del que en la práctica nunca se desprendió. Daniel Garza, comisario de la muestra sobre el otro O’Gorman que se inaugura este viernes, titulada Una protesta en contra de la 'civilización', define ese híbrido como “arquitectura moderna regional”.

La Casa-estudio de San Jerónimo, de Juan O'Gorman.

Es probable que hoy Juan O’Gorman hubiese preferido que solo se hablase de esa cara B de su carrera, la de los cuadros surreales, la de los innovadores mosaicos de piedras de colores –como el mural gigante que recubre la biblioteca de la Universidad Nacional Autónoma de México–, la de su arquitectura fantástica, ejemplificada en la entrañable Casa de San Jerónimo, inspirada en la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright y en la libertad figurativa de Gaudí. Vivió en esa casa con su segunda esposa, Helen Fowler, pintora abstracta y experta en orquídeas, desde principios de los años cincuenta hasta 1969, cuando, necesitado de dinero, la vendió a una escultora a la que le dio por reducirla a escombros.


Por entonces el talento arquitectónico más peculiar del siglo XX en México ya había entrado en un barranco psicológico de depresiones que, según sus memorias, empezó en 1954 con la muerte de su adorada Frida Kahlo y que pasó por fases estrambóticas como una purga psicosomática para la que hizo un ayuno de 39 días en el que se limitó a beber agua destilada y a leer libros de Tolstoi.

Los últimos años de su vida los pasó en otra casa funcionalista que se había hecho en los años treinta y de la que hablaba con una cómica condescendencia: “Considero que es algo fea, pero cómoda y extremadamente funcional. Podría compararse a las pantuflas viejas, cómodas, feas, pero útiles”. En esa vivienda funcional el complejo artista mexicano Juan O’Gorman se quitó la vida con su triste suicidio en tres actos.

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