Y así llegue a mi amo
Bien, gracias Pol.
Como habíamos contado, mi amo, el señor William G. Christmas, abandonó el hogar antes de que su madre volviera a llevarlo al psiquiátrico. Lanzado al camino de la santidad, con una pequeña pensión de la parte que le correspondía del seguro de vida de su padre, deambuló por las calles, eso si, sin olvidar que en los días duros de invierno volvería a su casa de Brooklyn.
Años siguiendo la senda que Papá Noel le había indicado. Salvó a una niña de ahogarse, ayudaba a las ancianitas a cruzar las calles, convenció a dos mujeres que no se suicidaran y hasta dio su último dolar a un pobre que pedía en una esquina; pero como los santos no son siempre comprendidos, un día le pagaron con un balazo en una pierna y una puñalada en un hombro.
Los años habían pasado, William G. Christmas parecía ahora un mendigo desdentado, ya no se sentía fuerte, así que dudó entre comprar una pistola o hacerse con un perro... y así fue como llegué yo a su vida.
Cuando acudió al refugio de animales dudaron mucho de entregarme, pero definitivamente pasé de la teta de mi madre a los brazos de aquel raro ser.
Ya empezaba a hacer frío, así que los dos fuimos a Brooklyn.
Una vieja cascarrabias nos recibió a gritos. Yo no podía contener mi pis de cachorro y ella llenó la casa de periódicos. Allí pasamos todo el invierno. Yo descubrí los copos de nieve a través de la ventana, mientras mi amo escribía sus poesías durante horas. Recorría la casa y al poco tiempo ya conocía todos los muebles y olores. Distinguía perfectamente el olor de las zapatillas de Willy y las de su madre, la señora Gurewic, y tambien pronto conocí el timbre de la puerta y el del teléfono. Definitivamente la vida de los humanos era muy aburrida. Perseguía mi propio rabo hasta que me cansaba de dar vueltas y a las cucarachas que había debajo del fregadero... pero un día llegó la primavera...

























En torno a 1946 sus obras, que ya desde la época cubista habían estado pobladas de figuras distorsionadas y amenazantes, comenzaron a transmitir aún con mayor intensidad la angustia vital que padecía. A pesar de que por entonces su obra había recibido cierto reconocimiento, no alcanzó una estabilidad financiera. A ello se sumó el incendio de su estudio, el diagnóstico de cáncer de garganta, la separación de su segunda mujer y un accidente de coche que le dejó paralizada la mano con la que pintaba. Se suicidó en 1948.















