lunes, 2 de enero de 2023

Francisco Domingo Marqués



 (Valencia, 1842-Madrid, 1920). Pintor español. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, en el taller de Rafael Montesinos y en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En 1864 obtuvo una mención honorífica especial en la Exposición Nacional de Bellas Artes por el cuadro Los moriscos valencianos pidiendo protección al beato Juan de Ribera. En 1866 fue galardonado con tercera medalla en la Exposición Nacional por el cuadro 

Un lance en el siglo XVII, y al año siguiente con medalla de oro por la misma obra en la Regional valenciana, lo que le proporcionó una pensión a Roma en 1868. El año anterior había pintado Interior del estudio de Muñoz Degrain en Valencia, que atesora el Museo del Prado, en el que el pintor se retrata recostado en un sofá. En Roma acudió al taller de Eduardo Rosales y se relacionó con Mariano Fortuny, del que haría un retrato ­póstumo en 1884. Su primera obra como becado, El último día de Sagunto, fue enviada a la Exposición Regional de Valencia en 1869 y a la Nacional en 1871, junto con la pintura Santa Clara, que mereció primera medalla. 
Su segunda obra, Retrato de Manuel Ruiz Zorrilla, la terminó en Valencia, en su famoso estudio de La Gallera, convertido en centro de la vida artística valenciana. Durante un año fue profesor en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, teniendo como discípulos a los hermanos Benlliure. En 1871, al no regresar a Roma, la Diputación le retiró la pensión. Fue entonces cuando se instaló en Madrid, donde realizó decoraciones en los pa­lacios de Portugalete y Fernán Núñez. 
En 1875 se trasladó a París, dedicándose casi exclusivamente a realizar cuadros anecdóticos y de exquisita ejecución, como Un alto en la montería, de 1901. De aquella época es el segundo Autorretrato del Museo del Prado, fechado en 1884; el primero, también del Prado, está datado en 1865. En 1914, con motivo de la Primera Guerra Mundial, volvió a España, se instaló en Madrid y consiguió el reconocimiento oficial. Ingresó en la Academia de Bellas Artes en 1917 y fue objeto de un homenaje público en Valencia en 1918.

Museo del Prado

miércoles, 26 de octubre de 2022

Cosimo Tura o Cosmè Tura





 Ferrara, c. 1430 -1495

Artista del Renacimiento italiano, era hijo de un zapatero y se le considera el fundador y uno de los representantes más importantes de la escuela de Ferrara. Fue pintor de corte de los Este, primero trabajó para el duque Borso y luego para su hijo Ercole. Además de su labor como pintor, realizó diseños para vidrieras, estandartes y tapices. Se desconocen los datos relativos a su formación artística, aunque existe la posibilidad de que la realizara en Venecia o de que tuviera contactos con artistas de esa zona. 

Conocía la obra de Pisanello, Van der Weyden, Jacopo Bellini y Piero della Francesca. Desarrolló su carrera casi por completo en su ciudad natal, a excepción de unos años, entre 1453 y 1456, en los que se ausentó y posiblemente vivió en Padua, donde pudo apreciar el trabajo de Donatello y Andrea Mantegna, y quizás también en Venecia. Su estilo, lineal y seco, tiene similitudes con el de Squarcione, Zoppo y Bartolomeo Vivarini. En su obra se evidencia asimismo el influjo de la escuela de miniaturistas de Ferrara cuando interpreta el paisaje y los colores.

Entre sus primeras pinturas destacan La Virgen y el Niño con san Jerónimo y un mártir del Musée Fesch, en Ajaccio, y una Musa de la National Gallery de Londres. La Anunciación y San Jorge y el dragón del Museo del Duomo de Ferrara, así como el Retablo Roverella son tres de sus obras maestras; las diferentes tablas que componían este último retablo se encuentran repartidas actualmente entre varios museos y colecciones, como el Musée du Louvre de París, en el que se conserva La Piedad, y la National Gallery de Londres con La Virgen y el Niño con ángeles músicos

Su obra más conocida es la serie de pinturas murales encargada por el duque Borso d’Este para el Palazzo Schifanoia, en los que plasma todo el esplendor de la vida cortesana de la Ferrara de su tiempo. También realizó numerosos retratos, la mayoría desaparecidos, como Retrato de un joven del Metropolitan Museum de Nueva York. La temática religiosa en su producción revela un tono más dramático, siendo un claro ejemplo el San Jerónimo de la colección de la National Gallery de Londres.

Aunque murió en 1495 su actividad artística termina a mitad de los años ochenta; su última obra fechada, en 1484, es el San Antonio de la Galleria Estense de Módena. Fue eclipsado por Ercole de’Roberti, cuyo estilo más suave fue más del gusto de sus mecenas.


Museo Nacional Thyssen-Bornemisza


miércoles, 28 de septiembre de 2022

LA MITOLOGÍA EN EL ARTE

 


                               Apolo persiguiendo a Dafne, por Theodoor van Thulden

La mitología como fuente de inspiración

Los mitos son relatos que recogen historias de dioses y semidioses y su relación con los hombres. De ahí que se hallen presentes en todas las culturas y sociedades antiguas. De origen incierto en la mayor parte de las ocasiones, tradicionalmente se transmitían de forma oral, modificándose paulatinamente con nuevos añadidos y diferentes versiones. En el caso de los mitos griegos, los primeros testimonios escritos no se remontan más allá del siglo VIII a. C.

                                     Narciso, por Jan Cossiers

Los protagonistas de esos mitos eran los dioses del Olimpo, que no sólo regían el destino de los hombres, sino que bajaban a la Tierra e interactuaban con ellos, adoptando en ocasiones una apariencia humana que los hacía más cercanos. Sus historias también servían para explicar todo tipo de fenómenos de la naturaleza o del universo que les rodeaba. Surgieron así infinidad de divinidades que personificaban montañas, fuentes, ríos, mares, vientos, constelaciones…, también todo tipo de árboles y de especies animales que convivían con los hombres.

                                                 El rapto de Europa, por Erasmus Quellinus

A lo largo de la historia, la mitología clásica ha sido una constante fuente de inspiración para numerosos artistas, y esas fabulosas narraciones quedaron recogidas en cerámicas, bloques de mármol, medallas, tablas y lienzos como los que forman parte de esta exposición. La muestra está compuesta exclusivamente por obras del Museo del Prado, fechadas entre los años centrales del siglo I a. C. y finales del siglo XVIII, y ofrece una amplia mirada sobre la mitología grecorromana y su representación por parte de artistas de la talla de Francisco de Zurbarán, José de Ribera, Pedro Pablo Rubens, Michel-Ange Houasse, Francesco Albani, Corrado Giaquinto o Leone Leoni, entre otros.

                                                           Aurora -Guercino

Una historia que contar

Los mitos son relatos maravillosos situados fuera del tiempo histórico y protagonizados por personajes de carácter divino o heroico. La mitología, por su parte, es el conjunto de mitos y, al mismo tiempo, su estudio.

Gracias a los mitos, griegos y romanos pudieron ofrecer una interpretación sobre el origen del mundo y sobre diversos fenómenos de la naturaleza o del universo. Surgieron así infinidad de divinidades que personificaban montañas, fuentes, ríos, mares, vientos, constelaciones…, pero también todo tipo de árboles y especies animales. Dioses y semidioses —siempre con apariencia humana, salvo en el caso de los monstruos— dejaron junto a los héroes una huella perenne en el curso del mundo como protagonistas de sucesos ejemplares, en los que el componente simbólico es esencial.

                                                               Vulcano y el fuego, por Pedro Pablo Rubens

En un primer momento los mitos fueron narraciones no escritas, que se iban transmitiendo de forma oral y modificándose paulatinamente con nuevos añadidos. Homero y Hesíodo, en el siglo VIII a. C., fueron los primeros en poner por escrito esas historias, dando nombres a los dioses y señalando sus particularidades. Pero no podríamos conocer y entender los mitos clásicos sin las aportaciones de otros autores posteriores, tanto griegos como romanos. Cabe destacar, entre otros, a Apolodoro, Luciano de Samósata, Diodoro de Sicilia, Filóstrato, Virgilio y, especialmente, a Ovidio, autor de las Metamorfosis, que constituyen un auténtico manual de mitología grecorromana.

                                                                     La caída de Faetón, por Jan Carel van Eyck,

El acercamiento a los mitos clásicos tiene un importante obstáculo: la terminología. Algunos dioses son conocidos por sus nombres griegos pero otros son más reconocibles por sus nombres romanos. A lo largo de la exposición aparecen las dos opciones, dependiendo del éxito de una determinada versión de un mito o de los títulos de las obras expuestas, todas ellas procedentes de las colecciones del Museo del Prado.

                                         Aquiles descubierto por Ulises y Diómedes, por Pedro Pablo Rubens,     

Los dioses del Olimpo

El monte Olimpo es el lugar donde tenían su morada los principales dioses griegos, los llamados “dioses olímpicos”. A la cabeza de todos ellos estaba Zeus que, tras derrocar a su padre Crono, se había repartido el dominio del mundo con sus hermanos varones: a él le correspondieron los cielos, a Posidón los mares y a Hades el inframundo. Teóricamente los tres dioses tenían el mismo poder, pero Zeus era considerado como la divinidad suprema del Olimpo y, por tanto, del panteón griego, y también del romano, en el que fue asimilado a Júpiter.

                                                             El incendio de Troya, por Francisco Collantes, 

Zeus tuvo varios matrimonios e innumerables aventuras con diversas diosas, ninfas, mujeres mortales e incluso algún joven efebo. De esas relaciones nacieron algunos de los principales dioses del Olimpo, otras divinidades menores —las Horas, las Moiras, las Gracias, las Musas…— y también destacados héroes, como Perseo y Heracles, entre otros.

                                   "Baco y Ariadna", por Tiziano

Con la oceánide Metis concibió a Atenea, diosa de la guerra, pero también de la sabiduría, de la música y de la artesanía. De la relación de Zeus con Leto nacieron Ártemis y Apolo, diosa de la caza y dios de la luz, la belleza, la poesía y la música, respectivamente. Con su hermana Deméter engendró a Perséfone, que fue raptada y llevada al inframundo por su tío Hades. De su matrimonio con Hera, también hermana suya, nacieron Ilitia, protectora de las parturientas, Hebe, personificación de la juventud, y Ares, dios de la guerra. Con la pléyade Maya tuvo a Hermes, el mensajero de los dioses, y con la mortal Sémele a Dioniso, dios del vino y la fiesta. Algunos relatos dicen que también era hija suya Afrodita, la diosa del  amor, que se casó con Vulcano, dios del fuego, a quien Hera había engendrado sin la participación de su esposo.

                                                       Andrea Schiavone - Apollo Y Daphne

Espíritus libres

Los dioses clásicos aparecen en los mitos acompañados de todo tipo de seres y personajes, vinculados a menudo a diversos fenómenos de la naturaleza, de los que se sirven para satisfacer sus necesidades o apetitos carnales y a los que también hacen partícipes de sus fiestas y celebraciones.

Entre ellos cabe destacar a las ninfas, deidades menores de la naturaleza que habitaban en los bosques, las cuevas y las aguas, elementos con los que llegan a identificarse al encarnar su energía vital; así encontramos, por ejemplo, a las Náyades, las Dríades, las Oréades, las Nereidas y las Oceánides. Presentes en muchos mitos, todas eran mortales y a menudo formaban parte del cortejo que acompañaba a algunos dioses, como Ártemis y Dioniso, a cuyo servicio estaban también las Ménades. Constantemente perseguidas por los espíritus masculinos de la Naturaleza —fundamentalmente el dios Pan y los faunos y sátiros—, también tenían relaciones amorosas y/o sexuales con diversos dioses del Olimpo.

                                                Orestes perseguido por las furias de   William-Adolphe Bouguereau

Las Musas, engendradas por Urano y Gea, o bien por Zeus y la titánide Mnemósine, vivían en el Olimpo, donde cantaban y danzaban en las grandes fiestas de los dioses. Tradicionalmente aparecían asociadas a Apolo, dios de las artes, y ellas mismas, de manera individual o colectiva, eran consideradas como inspiradoras de artistas, especialmente de los literatos y los músicos, llegando a personificar diferentes disciplinas artísticas y del conocimiento.

Las tres Cárites —conocidas como Gracias en Roma— eran hijas de Zeus y de la oceánide Eurínome. Integrantes del séquito de Apolo, a veces también acompañaban a Afrodita, Atenea, Eros o Dioniso. Simbolizaban la afabilidad, la simpatía y la delicadeza, y se asociaban con el amor, la belleza, la sexualidad y la fertilidad, como fuerzas generadoras de vida.

                                                "Caronte cruzando la laguna Estigia", por Joachim Patinier

Amor, deseo y pasión


Dicen que el amor es la energía que mueve el mundo. Es un sentimiento, un estado de ánimo, una ilusión y una pasión. Pero también es un dios. Así lo creían los griegos y los romanos, que le pusieron nombre: Eros-Cupido. Aunque no estaba muy claro cuál era su origen, siempre fue representado como un niño alado, que se divertía jugando con los corazones de dioses y mortales, que inflamaba con su antorcha o hería con sus flechas. Las de oro provocaban amor; las de plomo, en cambio, odio.

Igual que hombres y mujeres, los dioses también sufrían enamoramientos repentinos, auténticos “flechazos”. Es lo que sintió Dioniso al encontrar en Naxos a Ariadna, que había sido abandonada por Teseo, o Hermes al ver a Herse mientras sobrevolaba la ciudad de Atenas.

                                         "La batalla entre el amor y la castidad", de Pietro Perugino

Aunque sus comienzos fueron difíciles y tormentosos, muchas relaciones amorosas fueron dichosas y prolongadas en el tiempo, como la del propio Cupido con Psique, o la que mantuvieron Neptuno y Anfitrite, que comenzó con un rapto, igual que en el caso de Plutón y su sobrina Proserpina. Pero los mitos contaban también uniones desgraciadas, trágicamente truncadas por la muerte de uno de los amantes. Así les ocurrió a Orfeo y Eurídice, que no pudo ser rescatada del Hades por su amado, y a Céfalo y Procris, que también tuvieron un funesto final a causa de los celos cuando Procris fue alcanzada por una jabalina lanzada por su esposo mientras ella le espiaba.

El caso de Narciso es singular, ya que se enamoró de su propia imagen reflejada en el agua; contemplando ese reflejo se fue consumiendo de amor hasta la muerte, metamorfoseándose posteriormente en la flor que lleva su nombre.

                                                 "El lamento de Ícaro", por Herbert Draper

Faltas y castigos

La violencia es inherente al ser humano, y los dioses grecorromanos, que adquirieron apariencia humana e interactuaron con los hombres, no escaparon a ese principio general. Por eso, los mitos clásicos están plagados de pugnas y disputas entre distintas divinidades. Si Crono castró a su padre Urano y le arrebató el poder, él también fue derrocado por su hijo Zeus. Ambas luchas fratricidas dieron lugar a dos grandes enfrentamientos en los que participaron numerosas divinidades: la Titanomaquia y la Gigantomaquia. Esas luchas fueron vistas, ya desde la Antigüedad, como un símbolo del conflicto existente entre el caos y el orden.

Los castigos que los dioses del Olimpo impusieron a los hombres o a otros dioses menores que se alzaron contra ellos podían tener un carácter indefinido, eterno. Es el caso de las famosas Furias, que sufrían tormentos que se repetían una y otra vez: Ticio, cuyo hígado devoraba cada día un ave rapaz; Tántalo, castigado a sufrir sed y hambre eternas; Sísifo, condenado a mover permanentemente una enorme roca, e Ixión, obligado a dar vueltas sin fin en una rueda. También Prometeo sufría el ataque diario de un águila que devoraba su hígado, que se regeneraba cada noche.

                                    . "La calumnia de Apeles", de Sandro Botticelli

Mantener relaciones en el interior de los templos era una grave muestra de impiedad que los dioses sancionaban de forma contundente. Así le ocurrió al sacerdote troyano Laocoonte, atacado por dos serpientes que, enroscándose por su cuerpo, acabaron con su vida y con la de sus dos hijos, y también a Hipómenes y Atalanta, convertidos en leones por la diosa Cibeles y uncidos a su carro. Este recurso a la metamorfosis, a la transformación, fue muy empleado por los dioses como castigo.

                                        "El mito de Prometeo", de Piero di Cosimo

Metamorfosis divinas y humanas

Metamorfosis es sinónimo de transformación, de engaño y de falsas apariencias. Los principales dioses grecorromanos tenían una extraordinaria capacidad para alterar su aspecto físico y adquirir una nueva identidad. De ese modo conseguían sus objetivos, relacionados en la mayor parte de las ocasiones con el placer carnal.

Aunque su hermano Posidón no le fue a la zaga —transformándose en caballo y en carnero para unirse a Deméter y Teófane, respectivamente— fue Zeus quien más a menudo usó esa argucia para satisfacer sus instintos más básicos, y a él se dedica esta sección casi de manera exclusiva.

                               "Eco y Narciso", por John William Waterhouse

El principal recurso usado por Zeus fue adoptar una apariencia animal. Así, metamorfoseándose en águila, su animal emblemático, raptó al joven pastor Ganimedes para llevárselo al Olimpo como su amante y copero de los dioses. Convertido en cisne, Zeus sedujo a la reina Leda, con quien engendró a Helena y Pólux, y transformado en toro raptó a la princesa Europa. Pero también adoptó la apariencia de su hija Ártemis para seducir a la ninfa Calisto y tomó el aspecto del rey Anfitrión para mantener relaciones con su esposa Alcmena, fruto de las cuales nació Heracles. En otras ocasiones, Zeus adquirió la forma de fenómenos atmosféricos para lograr sus conquistas, y se transfiguró en nube gris para tomar a la joven doncella Ío, o en lluvia dorada para poseer a Dánae, quien daría a luz a Perseo, uno de los grandes héroes griegos.

A menudo la metamorfosis era una solución para evitar el acoso de un dios y a ella recurrieron diversas ninfas, como Dafne, transformada en laurel para escapar de Apolo, o Siringa, convertida en unas cañas para evitar la persecución del dios Pan.

                                      "La tristeza de Telémaco", por Angélica Kauffman

Héroes

Junto a dioses y semidioses, los héroes jugaron un papel fundamental en los mitos clásicos. Podían ser hijos de un dios y una mortal, o de una diosa y un mortal; pero también había héroes que eran hijos de dos simples mortales. De ellos nos quedan sus hazañas, con las que alcanzaron fama y gloria.

Aquiles, el de “los pies ligeros”, es el protagonista indiscutible de la Ilíada. Poco después de nacer, su madre, la diosa Tetis, esposa de Peleo, rey de Ptía, lo sumergió en las aguas del infernal río Éstige haciéndole invulnerable, excepto en el talón por el que lo tenía cogido. Fue educado por el centauro Quirón y años después tuvo una intervención destacada en la guerra de Troya, donde alcanzó la gloria y encontró también la muerte cuando Paris le alcanzó con una flecha en su único punto débil, el talón.

                                             "Hércules y la Hidra", de Francisco de Zurbarán

También Perseo, hijo de Zeus y Dánae, ocupa un lugar destacado entre los héroes griegos. Su principal hazaña fue vencer a la gorgona Medusa, cortándole la cabeza. Más tarde dio muerte al monstruo marino Ceto, que asolaba el reino de Etiopía, y liberó así a la princesa Andrómeda, su futura esposa.

Hércules —Heracles en Grecia— es el héroe clásico por excelencia, que encarna cualidades y virtudes que se consideran míticas y modélicas. Hijo de Zeus y Alcmena, sufrió las consecuencias de la ira de Hera, quien le provocó un acceso de locura durante el cual dio muerte a sus hijos. Como castigo tuvo que realizar los legendarios “doce trabajos de Hércules”, con los que obtuvo fama y reconocimiento universal, logrando alcanzar la inmortalidad y ascender al Olimpo de los dioses.

                                     "Odiseo en la isla de los feacios", de Peter Paul Rubens

La guerra de Troya

La guerra de Troya es el gran enfrentamiento entre griegos y troyanos, pero en ella también intervinieron de manera activa y decisiva muchos dioses que, por diversas razones, decidieron apoyar a uno u otro bando.

Todo empezó con una manzana de oro “para la más bella”, título que reclamaban Juno, Minerva y Venus. Para resolver tal disputa, Júpiter eligió como juez a Paris, un joven pastor troyano que debía entregar la manzana a quien considerase que era la diosa más bella. Además de presentarse desnudas para mostrar su atractivo físico, las tres diosas le hicieron interesantes y tentadoras ofertas: Juno le ofreció el poder sobre un amplio territorio; Minerva, la sabiduría y la victoria en todas las batallas; y Venus, el amor de la mujer más bella del mundo. Paris la escogió a ella.

                                           "Thetis recibiendo las armas de Aquiles de Hefesto", por Anthony van Dyck

La mujer más bella del mundo resultó ser Helena, esposa del rey Menelao de Esparta. Paris la raptó, o ambos huyeron juntos rumbo a Troya, por lo que los griegos se conjuraron para rescatarla. Así dio comienzo la guerra, en la que tomaron parte grandes héroes y guerreros, como Agamenón, Menelao, Odiseo, Diomedes, Ayax el Grande y, especialmente, Aquiles, que es el principal protagonista de la Ilíada, el gran poema homérico que narra este mítico conflicto armado.

                                                  Ulysses y las sirenas de  Herbert James Draper

El enfrentamiento entre aqueos y troyanos se prolongó durante muchos años sin que la victoria se decantase por uno u otro bando, mientras ambos perdían a algunos de sus principales guerreros. Finalmente los griegos decidieron fingir su retirada y dejar en las playas de Troya un gran caballo de madera, en cuyo interior se escondían varios de sus mejores soldados, encabezados por Odiseo. Creyendo que era una ofrenda a los dioses, los troyanos introdujeron el caballo en la ciudad; de ese modo, los griegos consiguieron apoderarse de Troya, que fue saqueada y quedó destruida por un gran incendio.


MUSEO DEL PRADO


lunes, 26 de septiembre de 2022

LA BIBLIA EN EL ARTE



La religión y la mitología inspiraron hasta finales del siglo XIX a artistas de todas las épocas y estilos. 

                                           Saúl y David, por Rembrandt Van Rijn

En Occidente la Biblia inspiró cientos de obras de arte, sobre todo en la escultura, la pintura y el dibujo. La cultura bíblica se alimentó de estas manifestaciones artísticas que eran a la vez interpretaciones de las creencias que en el ámbito religioso seguían la mayoría de los habitantes de la Europa que más tarde las trasladó al continente americano.

                             El juicio de Salomón, Nicolas Poussin

El Antiguo Testamento pretende ser una especie de
crónica gigantesca desde los orígenes del mundo, centrada en la historia del pueblo elegido por Dios, en donde se anuncia la llegada de un Mesías que va a salvar a la humanidad. Las Escrituras recogen acontecimientos y mitos que el arte recreó a su manera, desde la creación, el diluvio universal y la Torre de Babel al éxodo y las plagas de Egipto, poniendo rostro a personajes como Noé, Abraham o Moisés.

En el Nuevo Testamento es la figura de Jesucristo la que protagoniza los episodios representados por los artistas en sus cuadros, aunque tras su muerte y resurrección se recoge la evolución del cristianismo y los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis. A veces la iconografía obedece más a la devoción de los artistas que a los textos de las Escrituras




martes, 13 de septiembre de 2022

Aelbert Jacobsz. Cuyp





 Dordrecht, 1620-1691

elbert Cuyp nació en Dordrecht en 1620 en el seno de una familia de artistas: su abuelo Gerrit Gerritsz. fue un notable artesano, y su padre Jacob y su tío Benjamin Gerritsz. ejercieron también como pintores. Cuyp fue el apodo que Jacob Gerritsz. comenzó a usar a partir de 1617, y su uso se extendió al resto de la familia. 

El primer maestro de Aelbert fue su padre. Durante los primeros años de la década de 1640 ambos colaboraron estrechamente en varios lienzos, en los que Aelbert pintaba el escenario paisajístico a los grupos de figuras de su padre. En esta etapa hizo un primer viaje a lo largo de Holanda y del Rin, realizando dibujos de Rhenen, Arnhem, Amersfoort, Utrecht, Leiden y La Haya. Sus primeras obras están inspiradas en la pintura «tonal» de Jan van Goyen, Salomon van Ruysdael y Herman Saftleven II, pero mostrando una preferencia por las gamas monocromáticas de amarillos a diferencia de las tonalidades, grises y pardas, características de los pintores tonales.

A partir de 1645 la obra de Cuyp acusa los influjos de los paisajistas italianizantes, en especial de Jan Both y Herman van Swanevelt. En este periodo introdujo en sus paisajes la luz de sol dorada, vistas escarpadas, y árboles altos y alargados; todos ellos elementos típicos de la escuela de Utrecht. En 1652 hizo un nuevo viaje por el Rin y el Waal, llegando hasta Cleve, Elten y Emmerich, en cuyo transcurso tomó nuevamente numerosos dibujos que fueron fuente de inspiración para sus composiciones posteriores. Su tema más frecuente fue el paisaje con animales, pero también ejecutó marinas, naturalezas muertas y retratos.

En 1658 contrajo matrimonio con Cornelia Boschman, viuda adinerada de un gobernador local y nieta del teólogo Franciscus Gomarus. Cuyp dejó de pintar tras su matrimonio, dedicándose a los negocios y a asuntos de su iglesia y de su ciudad. Fue diácono y oficial gobernante de la iglesia Reformada, gobernador de la institución de caridad más importante de la urbe y, en 1679, se convirtió en miembro del Tribunal del Sur de Holanda. Su principal discípulo fue Abraham van Calraet, cuyas obras han sido frecuentemente atribuidas a Cuyp.



Museo Nacional Thyssen-Bornemisza