domingo, 1 de diciembre de 2013

ANTON PULIDO


B. R. Sotelino La Voz de Galicia

Antón Pulido (Amoeiro, 1944), es otro de esos ourensanos que se hizo vigués por devoción desde que de niño veraneaba en sus playas. «Los de Ourense siempre tuvimos mar: el mar de Vigo», explica este hijo predilecto de su pueblo natal que lleva 27 años residiendo en Vigo por elección y también se muestra muy orgulloso de ser un Vigués Distinguido.
El artista, que fue el primer director del Centro Galego de Arte Contemporáneo de Santiago (CGAC) y director xeral de Cultura, vive ahora un retiro feliz dedicado plenamente a su labor creativa. «Soy un jubilado», dice sin sombra de resignación. Al contrario, está encantado de poder disponer de todo el tiempo del mundo para hacer lo que más le gusta, aunque la enseñanza ha formado una parte importante de su vida y de hecho, uno de los tesoros que guarda con más cariño son cientos de dibujos de los escolares a los que ha dado clase desde que empezó como profesor de Primaria en Peña Trevinca. Antón es un coleccionista confeso de libros de arte y del arte que producen sus amigos, «pero el arte que más me hace vibrar son los dibujos de los niños», dice completamente convencido.
El artista cuenta que tiene mucho apego a los recuerdos, «desde la pluma de mi padre, que guardo con mucho cariño, a las monedas antiguas que cambiaba de chaval yendo por las aldeas».

Una joya del grabado
Pulido se formó en Barcelona, donde cursó la carrera de Bellas Artes y se especializó en pintura y grabado. «Empecé al lado de grabadores catalanes, con los que aprendí este oficio de auténtica artesanía, en el que casi más difícil que hacerlo es sacarlo en las planchas, y al acabar la carrera me compré un tórculo a plazos». El artista confiesa que aquella prensa, que es la que sigue utilizando hoy en día, es su tesoro más preciado. La máquina que en su día se costeó a plazos, es una Ribes fabricada pieza por pieza. «No es una obra de fundición, es una auténtica joya de la ingeniería manual que se va ensamblando y no vibra como las de fundición, por eso ofrece unas calidades exquisitas. Un grabador con esta máquina es como Fernando Alonso si pilotase un Ferrari. Es la obra maestra de los tórculos», asegura. Pulido cuida su bólido como Clint Eastwood su Gran Torino. Solo él lo utiliza y él realiza todo el proceso, desde el principio al fin.
Ahora, el autor vive un momento de intensidad creativa. «Estoy en una época muy loca», afirma. Su participación en septiembre del 2008 en la Feria de Pekín ha sido fundamental en este período de entusiasmo, ya que fue «descubierto» por un importante galerista de Corea. De su mano acaba de exponer en Taiwán y prepara para el mes de julio una muestra individual en Seúl.


La galería valenciana que gestiona la obra de Antón Pulido tiene estrechas relaciones con el sector del arte en Asia, pero también en Estados Unidos, así que, el pintor y grabador ourensano trabajaba al mismo tiempo en una serie que presentará en Nueva York en el 2010.
Pulido justifica la «locura» que atraviesan sus pinceles se debe a la libertad que siente a la hora de crear. «Ya no tengo ataduras, ni de dibujo, ni de color, ni de formas, ni de gestos. Hago lo que me da la gana de una forma espontánea y directa. Es mi percepción la que ha cambiado, no mi estilo», manifiesta.

Incienso para los amigos
En su taller, el artista tiene un incensario de estilo oriental y un pequeño botafumeiro tipo galaico. «El incienso, además de purificar, tiene un olor penetrante que te lleva al pasado y te conecta con tiempos ancestrales. Para mí, que estudié muchos años en un internado religioso, tiene unas connotaciones de equilibrio que me da sensaciones muy positivas. Cuando vienen aquí mis amigos les doy una sesión de incienso para que se hagan buenos, pero no les hace efecto», bromea. De sus tiempos como director del CGAC, recuerda la ilusión con la que lo puso en pie y su intención de que fuese una institución «muy universal que fue un gran catalizador de culturas en un momento en que Galicia era un desierto en este sentido». Pulido opina que no hay que tener en cuenta las críticas de los que dicen que los museos de contenido contemporáneo son un fracaso porque va muy poca gente: «No va, ni irá, porque el arte tarda décadas en asimilarse».


Antón Pulido tuvo la suerte de conocer a Ramón Otero Pedrayo siendo un chaval. «Yo iba con la bici a Amoeiro a echar parrafadas con él en el pazo. Siempre le gustó charlar con los jóvenes, a mí siempre me recibió con los brazos abiertos y tengo que reconocer que me ayudó mucho. Además de hacerme el texto para el catálogo de mi primera exposición en 1973, siempre estaba ahí para echarme una mano en lo que hiciese falta. Era un hombre extraordinario», recuerda.